Por cada día que brilla como el sol en agosto hay veinte días negros y mil días grises. Los días grises son los que uno utiliza para calibrase, para ajustar los mecanismos de su propio cuerpo y llegar a fundirse con la máquina. En los días grises hay tiempo para el drama y tiempo para la comedia, para sentirse bien y para desear con todas tus fuerzas bajarte de la condenada máquina y tumbarte debajo de una encina. A veces lo ha hecho, no demasiadas, porque sabe que por cada mil días grises hay uno que recordará el resto de su vida y, si es en Francia, en julio, puede que sirva para que le recuerden para toda la eternidad, como a Lapébie, o a Maes o a Bartali.
Julián piensa todo eso mientras corre por el barbecho con la bicicleta al hombro. El barro parece que quiere apoderarse de él a cada paso, escucha sonidos de succión cada vez que logra liberar un pie, y siente las pantorrillas como atravesadas por mil clavos al rojo. A uno le da tiempo a pensar todo tipo de cosas mientras corre en solitario por el barro o mientras sube una y otra vez la pequeña colina desde la que se puede ver ya el pueblo. El barro le mortifica, pero le han dicho que si hace ciclocrós en invierno luego no habrá quien le pare en las carreteras. Sueña con ser el mejor una vez más, con volver al Tour.
El día no es gris solo metafóricamente, la bruma parece envolverlo todo, y cruzando aquel barrizal ha estado a punto de pisar uno o dos conejos ateridos, acurrucados en medio de un surco, casi inmóviles salvo por un palpitar mínimo que es el que le ha hecho evitarlos en el último momento. Apenas consigue ver dos o tres pasos más allá, pero sus piernas conocen el camino a fuerza de haberlo machacado miles de veces ya en lo que va de invierno. Julián sabe que tiene que echar de nuevo la bici al suelo mucho antes de ver el asfalto tiñoso de la carretera.
Sobre la máquina, la cosa no mejora demasiado. Llamar a aquello carretera es como ascender su casa a la dignidad de palacio. Julián inicia el descenso que le llevará una vez más hasta el pueblo. Por el camino saluda al Amancio, que ha salido con las ovejas y le grita algo al pasar que no logra entender. En el pueblo pasa por la plaza y luego se desvía para subir la cuesta de la iglesia, que no le pilla de paso, pero machaca las piernas y le hace sentir dolor. Dolor del bueno. Cuando a uno le duele es que está vivo. Lo peor es cuando tienes las piernas como dos bloques de cemento y no sientes nada, entonces el día puede pasar de gris a negro casi sin que te des cuenta.
***
La niebla lo llena todo y hace un frío que pela. Maldita la hora en la que al cabo se le ocurrió que había que hacer la ronda de la carretera de la presa precisamente aquella mañana. Dámaso farfulla algo que no llega a entender. Sus palabras forman una nubecilla de vaho que se une a la niebla como un soldado a su batallón en un gran desfile. Le ofrece un poco de picadura. Caldo de gallina lo llama.
—Rediós, Dámaso, sabes que no fumo.
—Un pitillito, hombre, que la mañana está como para quedarse en casa y así entras en calor a lo menos.
Niega con la cabeza y Dámaso se acomoda el mosquetón y procede a liarse uno de aquellos cigarrillos de deshecho de tienta que se gasta.
Dios, hay días en que uno se cagaba en la Benemérita, el condenado servicio, la madre que parió al duque de Ahumada, y hasta en el glorioso Caudillo si fuera menester. Qué manía de no hacer las cosas como Dios manda, qué forma de hacer las cosas a lo bestia y porque sí. Por mis cojones. Bueno, por los del cabo, que a ver quién le dice que no, que hay que comer, y aún fusilan a gente por ahí. Bastante suerte ha tenido uno con tener un tío guardia que le enchufó después de la guerra.
Caminan entre la niebla por el arcén. Por el asfalto ni locos, que no se ve un pimiento. Además es lo mismo, el asfalto de aquella carretera viene a ser al fetén lo que el caldo de gallina de Dámaso al tabaco de verdad. Si los viera el médico o el alcalde, que tienen letras, probablemente les vendría a la mente algún cuadro sobre la retirada napoleónica de Rusia. A ellos solo se les ocurre que hace un frío que pela y es una mierda de día gris.
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Julián pasa por la lechería jadeando como un animal. Una vez más recuerda cómo empezó todo. Los recados con aquella bicicleta del siglo pasado y aquel carrito lleno hasta arriba de lecheras que tiraban de él en las cuestas y le hicieron ser el mejor. Al salir del pueblo pedalea con ganas, a todo lo que da, sin apenas sentir dolor. Se siente pese al frío trasladado a una etapa de los Pirineos del Tour del 36. Uno de esos días que brillan en su memoria. Jadeando por las primeras rampas de la cuesta que lleva al cementerio, se agarra en la parte alta del manillar, y se dice que esta subiendo el Galibier pese la helada, el barro que le cubre y el pedazo de hierro que le han prestado para que entrene, que pesa como tres veces lo que su vieja bici de las grandes gestas. Al llegar arriba mira hacia la tapia del cementerio y tuerce el gesto. También fue mala suerte que empezaran una guerra con él en Francia. Y encima, al volver, al campo de concentración no sabe muy bien por qué. Un año de miedo, frío y enfermedades. De listas leídas a voz en grito, sacas nocturnas y ruido de tiros que le comían a uno los nervios. De pensar que se cogería la tisis y sería incapaz de volver a montarse en una bicicleta, si es que tenía suerte y el cura no decía su nombre una de aquellas noche. Recuerda su liberación y su regreso al pueblo, que ya no era lo mismo. Recuerda escuchar de su mejor amigo lo que pasaba por las noches en la tapia de aquel cementerio, y aún sigue pasando de vez en cuando. Las humillaciones, atenuadas por saber quién era, por la simpatía que se le coge al paisano cuando se ha visto su foto en el ABC, pero también a veces motivadas por la envidia.
Baja la cuesta del cementerio a toda velocidad, pedaleando con rabia. En más de dos ocasiones está apunto de perder el equilibrio cuando las ruedas derrapan por la gravilla.
Lo bueno de aquella soledad, de aquellos días grises, es que uno acaba disciplinando también el pensamiento. Julián lo lleva de vuelta a París, al podio en el Parque de los Príncipes y a su anhelo de volver allí algún día. Pedalea como si no hubiera niebla, saltando por el mal estado de la calzada que le martillea las piernas y todo lo demás, intentando que aquello no le haga perder el ritmo, que en el ciclismo todo da por el culo menos el viento, como decían los veteranos en sus primeras carreras hace una eternidad.
De nuevo, casi sin verlo, intuye por las sensaciones de sus piernas el lugar en el que se baja de la bicicleta en cada vuelta para comenzar a correr por el campo inculto con ella a la espalda. Antes de realizar la maniobra le parece ver dos siluetas aparecer de la niebla. Su concentración es tal que el pensamiento apenas le da una imagen rápida de dos hombres con escopeta. Cazadores, puede que furtivos. Hay hambre, la gente apenas tiene para comer y él no tiene que hacer los sacrificios que hacía antes de la guerra para mantener el peso porque no hay nada que le tiente. Piensa con desdén que el único gordo que queda en el pueblo es el cura. Afronta una vez más el barrizal sintiéndose como nunca.
***
¡Qué maquis ni qué niño muerto! ¿Cuándo fue la última vez que vieron algún maquis en la sierra? Pues nada: “acercarse a la presa a ver si están bien los de la central eléctrica, que un día vamos a tener una desgracia con los maquis”. Y el cabrón del cabo allí, calentito en el puesto con la estufa, o jugando al mus con el cura, el médico y el alcalde en la taberna. Hay que joderse, menuda mierda de vida.
Caminan por la carretera que lleva a Torremocha como dos almas en pena. Hace tiempo que Dámaso ya ni trata de pegar la hebra. Conoce a su compañero desde hace unos cuantos años, y sabe que al final acabará explotando, y se pasará el resto de la mañana despotricando de lo injusta que es la vida. Caminan dándose golpes para entrar en calor, aunque con tiento, para evitar que el mosquetón les atice en la cabeza con el movimiento brusco. A Dámaso, que luchó en la batalla de Teruel, todo aquello le parece una tontería, y su compañero un niño grande que no sabe lo que es bueno. En Teruel le había querido ver. ¿Cero grados? Eso no es ná. Para él, si el cabo dice que hay maquis, pues hay maquis, y si dice que hay marcianos... Total, por lo menos con el paseo se evita estar toda la mañana tratando de disimular. Le fastidia tener que hacer ver constantemente lo ocupado que está, le fastidia que le reprendan por tener las manos en los bolsillos. Y que sean sus compañeros los que lo hagan, no sus jefes, eso... eso le pone frenético. Como dice su mujer: “si jodes no barres”. ¿Y qué más le dará pasarse la mañana paseando? Si son todas iguales. Dámaso ha llegado a echar de menos la guerra, al menos allí pasaban cosas, así que, si le dan a elegir, prefiere una mañana de ronda con su compañero a afrontar otro de aquellos días iguales que pueblan su vida desde que terminó la contienda.
De manera que la retirada napoleónica continúa en silencio hasta que llegan a la altura de los campos del tío Toribio. Entonces lo ven.
Aparece de entre la niebla en un claro que deja ver más allá de las propias narices, a unos noventa o cien metros. Viene descendiendo hacia ellos a toda pastilla hasta que, cuando está apenas a tiro de piedra, parece cambiar de opinión. Desmonta de la bici sin ni siquiera detenerla, se la echa al hombro, y empieza a alejarse campo a través y cuesta arriba, corriendo por medio de todo el barbecho.
Los dos guardias, que en su vida han visto cosa igual, se miran y no dan crédito. Antes de que su compañero pueda hacer nada para evitarlo, Dámaso se descuelga el mosquetón y dispara un tiro al aire.
—¡Alto a la Guardia Civil! —Grita.
—¡Qué haces, animal, que vas a matar alguien! —Le reprocha su compañero.
—¡Los maquis! —Protesta Dámaso.
—¡Qué maquis, ni qué maquis! —Sentencia el otro, amenazándole con un puño cerrado—. Anda, anda.
Y echa a correr también barbecho arriba.
—¡Alto a la Guardia Civil! —Grita también.
Dámaso se le queda mirando un momento, se encoge de hombros y le sigue a la carrera resoplando.
***
Julián oye los disparos, pero sigue pensando que son furtivos tirándole a alguno de esos conejos arrecidos que ha visto antes al pasar. Bueno, piensa, al menos hoy habrá alguna familia que tendrá algo que echarle al puchero. Afortunados ellos. Luego sigue corriendo cuesta arriba sin apenas haber roto su concentración más de dos o tres segundos. Ha llegado a ese momento en el que podría seguir corriendo al mismo ritmo todo el día, toda la vida. Sabe que es una sensación engañosa, que la pájara acecha en cada zancada que logra ganarle al barro con el empleo de todas sus fuerzas. Pero siente ese calorcillo en las piernas acompañado de una respiración acompasada como los pistones de una locomotora de vapor lanzada a toda su potencia que le hacen sentirse invencible. La sensación de que nada te puede detener, como cuando coronas un puerto en el Tour a toda velocidad y, en vez de pararte a coger resuello, metes un piñón menos y aceleras para dejarlos a todos atrás. Corre como el viento pensando en que algún día logrará vencer la mala suerte que le ha tenido apartado de lo que más le importa. Algún día, cuando la puñetera guerra mundial se termine de una vez y la gente deje de estar loca, de matarse entre ellos, y vuelva a apreciar a los que se dejan la piel en la carretera día tras día para que tengan héroes que venerar y hazañas que relatarles a sus nietos sin necesidad de que otros no lleguen a conocer a los suyos.
Julián aprieta los dientes, no mira en ningún momento hacia atrás, e inicia un ritmo in crescendo cuando sabe que sus fuerzas le llevarán a la cima de la colina una vez más en plenitud de facultades. Apura el día gris sintiéndose casi en una de aquellas tardes de julio. Casi le parece oír al público jalear su nombre cuando de nuevo el instinto le dice que debe volver a montarse en la máquina segundos antes de pisar el asfalto.
***
Los dos guardias coronan la cuesta a tiempo de ver a la niebla tragándose de nuevo al ciclista. Ambos se dejan caer al suelo al mismo tiempo y permanecen allí, sentados, con la vista perdida en la bruma.
Ese loco de Dámaso, algún día va a acabar matando a alguien, piensa su compañero. En ningún momento ha creído que aquel individuo fuese un maquis, pero aquella manera de salir corriendo al verles... Había algo raro, eso seguro. Durante la carrera habría apostado que se trataba más bien de un estraperlista, aunque nunca había visto a ninguno correr así con la bici al hombro. Se siente imbécil. A cualquiera que le diga que se les ha escapado un tipo corriendo por un barbecho en alpargatas y con una bicicleta al hombro, se va a reír de ellos.
—De esto, chitón —logra decir entre resoplidos.
Joder, tampoco es tan fácil correr detrás de nadie con los botos, el capote de invierno y el puñetero mosquetón a cuestas, y encima por un barbecho, que si no se ha roto los cuernos lo menos siete veces ha sido porque Dios no ha querido. Jadea y mira muy serio a su compañero.
—Joder, cómo corría el hijoputa del maquis —dice Dámaso en sus trece—. Si me hubieras dejado descerrajarle un tiro con el Máuser...
Su compañero niega con la cabeza como cuando reprende a su hijo pequeño, pero al momento empieza a reírse con ganas, como hace mucho que no hacía.
—¡Qué cabrón! —Logra decir entre hipidos.
Dámaso empieza también a reír y a dar palmadas en la espalda de su compañero.
—¡Como corría, el hijoputa!
Acaban los dos abrazados y hartos de reír allí, sentados en lo alto de la cuesta al abrigo de la niebla, que los protege de miradas indiscretas.
Durante años no verán pasar una bicicleta por la carretera sin poder evitar miradas cómplices y accesos de risa tonta. Al final, cuando ya no importe, acabarán contándola a sus familiares y vecinos en la taberna, o en una cena de Nochebuena, entre risas y todo tipo de historias dignas de ser repetidas. Una mañana, años después, Dámaso sorprenderá a su compañero con un artículo del Alcázar en el que se habla de un paisano del pueblo de al lado que destaca en el Tour de Francia. Ambos mirarán la foto y se preguntarán si aquel chaval no tendrá algo que ver con cierta mañana gris que para ellos al final acabó siendo legendaria.

